La Familia cuenta…

¡CUENTAME UN CUENTO, POR FAVOR!… Cuentos para leer en familia y crear un espacio de confianza y comunicación entre padres e hijos. 

LA FAMILIA CUENTA...

La Familia cuenta, se presenta como un espacio de descubrimiento de nuevos cuentos e historias para compartir en familia.

Pocas cosas vinculan tanto como ese momento intimo en que, ya metido en la cama o tu rincón favorito, el niñ@ escucha de papa o mama la palabra mágica: “érase una vez…”. 

Esperamos que disfruten narrando los cuentos que publicaremos para sus hij@s. Ell@s, desde luego, disfrutaran escuchando.

Si estuvieras interesad@ en compartir algún cuento o historia corta, no dudes en ponerte en contacto.

¡Cuentame un cuento, por favor!

MJC4_050

EL CABALLO SALVAJE.

En una aldea al sur de Mongolia vivía Vaski, un niño que quería mucho a los animales. De entre todos ellos prefería a los caballos. Desde pequeño los había observado galopar por la estepa. Eran caballos salvajes que vivían en grupos y nunca se acercaban al hombre. Las personas de aquellas tierras tampoco molestaban a los animales. Lo que mas fascinaba a Vaski de los caballos salvajes era su vida libre.

Una mañana, cuando el muchacho salió a coger agua para que su padre pudiera preparar el desayuno, algo llamo su atención. Un caballo solo, separado de su grupo, se había apropiado a la cerca de su casa. Dejo el cubo con cuidado y se fue acercando con sigilo. Cuando el mucho toco con sus manos la cerca de madera el caballo huyo al galope. 

El niño no contó nada de lo sucedido, pero por la tarde en lugar de buscar a otros chicos de la aldea para jugar, Vaski se quedo sentado sobre la cerca esperando, por si el caballo volvía. 

Cuando ya el sol se había ocultado por completo y el cielo comenzaba a oscurecer, vio a lo lejos la silueta del caballo que se acercaba de nuevo. Esta vez el chico entro en casa y llamo a su padre.

_Papa, un caballo ha venido esta mañana y de nuevo vuelve ahora, pero cuando me acerco sale corriendo.

_Es muy raro hijo, son caballos salvajes que han vivido en estas tierras desde antes que lo hicieran los hombres. Huyen del contacto humano, pues desde muy pequeños aprenden a vivir en libertad. 

Padre e hijo se acercaron con sigilo a la cerca y de nuevo, al llegar a ella, el caballo salió huyendo.

_Hijo, ¿Te das cuenta de que al galopar cojea un poco de la pata derecha?. Ese caballo esta herido y se acerca a nosotros buscando ayuda. Pero su instinto salvaje le hace huir cada vez que nos acercamos. 

Esa noche, Vaski se acostó muy preocupado pensando en el caballo. Le gustaría poder ayudarle, pero no sabia como. 

Por la mañana el niño se levanto temprano. Todos dormían en la casa, y con cuidado de no hacer ruido salió y fue hasta la cerca. La salto y se quedo sentado fuera. Hacia fresco y se acurruco esperando el caballo. Todavía las estrellas lucían en un cielo que iba clareando poco a poco. 

Cuando el sol comenzaba a iluminar el cielo, el caballo apareció en la llanura. El chico al verlo ni se movió, espero que el animal fuera aproximando hasta llegar junto a el. Entonces comenzó a hablarle. 

_Caballito no quiero hacerte daño. Ni siquiera quiero domarte. Se que eres un caballo libre. A la vez que le hablaba, el niño le acariciaba. 

Se dio cuenta de que el caballo tenia algo clavado en una pezuña. Aquello debía producirle un gran dolor al animal. 

_Tranquilo caballito, repetía el niño sin cesar. 

El caballo comenzó a confiar en el chico y esta vez no huyo. Permitió que le curase un anciano de la aldea que sabia mucho de caballos y de como tratarles. Todos estaban muy acostumbrados de que un caballo salvaje se acercara a los humanos y se dejara curar.

Cada día el caballo regresaba a la cerca al amanecer y el muchacho le acariciaba y le hablaba para darle confianza. Solo entonces dejaba que limpiasen su herida y la curasen. Se diría que el muchacho y el caballo se habían hecho amigos. El niño le llamaba Negro, pues el caballo era de un profundo color negro. Cuando el sol salía, brillaba reluciente y en la noche Vaski veía las estrellas reflejadas en su piel. 

El padre de Vaski le dijo un día:

_Hijo, veo que te estas encariñando con el caballo. No olvides que es un caballo salvaje y que cuando su pata este completamente recuperada volverá con su grupo. El chico sabia que lo que su padre decía era cierto, pero en su corazón deseaba que el caballo no se marchara nunca de su lado. 

Un día, el curandero de la aldea dijo que el caballo ya tenia la pezuña completamente recuperada. Vaski se alegro por su amigo, pero a la vez temió que no volviera nunca mas junto a el. 

A la mañana siguiente, el caballo volvió, pero esta vez no quiso entrar cuando el muchacho le abrió la puerta de la cerca. Parecia que quisiera que el niño fuera con el hacia la llanura. Con su hocico blanquecino empujaba a Vaski y este, acariciando su lomo, decidió acompañarlo hacia donde el caballo quería ir. 

Caminaron largo rato alejandose bastante de la aldea, hasta llegar a un arroyo. Alli, el muchacho contemplo algo que pocas personas en la aldea habían visto antes: una familia de caballos salvajes tranquilamente pastando alrededor del arroyo. Ante la presencia de Vaski, se inquietaron alejandose un poco pero luego, al ver que Negro se acercaba confiado al muchacho, también ellos confiaron y volvieron a acercarse al arroyo. 

El chico estaba maravillado de poder estar allí, en medio de una manada de caballos salvajes. Pero no entendía por que Negro le había llevado hasta allí. Entonces el animal hizo algo inesperado en un caballo salvaje: se sentó junto al muchacho sobre sus patas traseras. Era un invitación a Vaski para que este subiera sobre sus lomos. El chico emocionado subió al caballo y este rápidamente se enderezo, comenzando a caminar primero lentamente, luego trotando y finalmente galopando a través de la llanura. 

Vaski se agarraba con fuerza al cuello del caballo para no caerse. Era muy emocionante poder galopar a lomos de Negro, su querido caballo salvaje.

El caballo lo llevo de vuelta al arroyo y se agacho par que el muchacho pudiera bajar de sus lomos. Vaski se abrazo a su amigo en agradecimiento. Sabia que este regalo del animal era también la despedida. El caballo comenzó a empujarle con su hocico. Era como si le dijera:

_”Ahora debes marcharte, amigo. Este es mi lugar, al que yo pertenezco”.

Vaski se alejo de allí con lagrimas en los ojos. Le dolía separarse de su amigo, pero sabia que eso era lo mejor para un caballo salvaje. Vivir con los suyos, alejado de los hombres. Vivir libre en la estepa.

El chico nunca volvió a ver al caballo y no volvió tampoco al lugar donde su amigo le había llevado aquel día. Ese era un secreto que nunca revelo a nadie. Pero alguna noche de luna, de esas en las que le gustaba sentarse apoyando al otro lado de la cerca, le parecía ver a lo lejos la silueta de un caballo salvaje.

M Jezabel Pastor (Cuentame un cuento, por favor)

 

libelula-volando-animales-insectos-pintado-por-alexauribe-9770426

LA LIBELULA.

En un río cristalino vivía un grupo de libélulas, a las orillas de una pequeña poza. Sus alas eran transparentes, pero teñidas de un intenso tono azul. Danzaban todo el día entre los carrizos y mimbreras que bordeaban el río. A veces también se posaban en alguna roca que sobresalía de las aguas, desafiando al tumultuoso correr del agua, como si fueran las capitanas de un velero rocoso.

Cuando alguna persona iba al río a pescar o a bañarse siempre admiraba la delicada belleza de las libélulas, por eso ellas se sentían muy afanas y orgullosas de sus coloridas alas. En aquella poza vivían también otros seres, mas pequeños y menos vistosos que las libélulas. Eran los zapateros. Ellos eran de color negro y ademas no podían volar como las graciosas libélulas. Por eso a nadie llamaban la atención. A veces algunos niños se divertían tiradores piedras para ver como los pobres zapateros huían asustados. 

Aquella fresca mañana de verano una joven libélula volaba de una hora de espadaña a otra. Entonces se dio cuenta de que un zapatero, que se había quedado enredado en una planta de agua, intentaba sin éxito soltar sus patas. La libélula comenzó a reír al ver el apuro del zapatero y con la burla le dijo:

_¡Za-pa-te-ro!, ¿por que no vuelas y sales de ese en-re-do?.

El zapatero la miro con asombro:

_Sabes que no puedo volar, yo no tengo alas como tu. 

_Es verdad, eres solo un pobre zapatero que se pasa el día entero panza abajo en el agua, corre que te corre por toda la poza…

_Tu eres preciosa, ya lo se. Vuelas sin cesar de un lado para otro, pero no puedes ver lo que yo veo en el fondo de la poza. 

La libélula se quedo asombrada y molesta al oír lo que el zapatero le estaba diciendo:

_¿Que… que… que… que ese eso de que yo no puedo ver…”no se que cosa”?. Yo puedo ver muy bien tontorrón, feo y negro zapatero.

_Esta bien princesa. Si tu puedes ver tan bien, no necesitas que yo te cuente nada de lo que veo en el agua de la poza.

El zapatero callo y siguió intentando desenredar sus patas de aquella planta de agua. 

La libélula se quedo pensativa y moviendose inquieta de rama en rama. Quería irse rápido de allí pero no podía dejar de mirar al zapatero y recordar sus palabras.

¿Que era lo que este feo insecto podía ver, boca abajo en el agua, que ella no viera en sus alegres vuelos?.

Entonces sucedió algo inesperado. Un gran sapo salto sobre la hoja de espadaña en la que la libélula estaba posada y esta cayo a la poza. Sus delicadas alas se empaparon en el agua y,  aunque lo intentaba no podía emprender de nuevo el vuelo. 

La libélula iba a morir ahogada y en ese ultimo instante vio lo que había en el fondo del agua. Los rayos del sol, al atravesar el agua, dejaban de esta destellos multicolores. Podía ver en el fondo pequeños pececillos, bonitas plantas acuáticas meciendo con la suave corriente y piedrecitas de todos los colores, avivados por los destellos del sol. 

El zapatero había presenciado el rápido salto del sapo y la caída al agua de la libélula. Quería salvarla de una muerte segura e hizo un ultimo y desesperado intento por zafarse de aquellas hierbas que lo retenían. 

El viento lo ayudo pues, en el momento en que el zapatero tiraba de sus patas, una ráfaga movió las plantas y el insecto pudo soltarse. Con rapidez fue hacia la libélula y poniendose debajo de ella comenzó a avanzar hacia la orilla, llevandola con gran esfuerzo sobre el. Al llegar a la orilla la dejo en una hoja que caía sobre el agua. La libélula estaba viva y poco a poco fue recuperandose a medida que sus alas se iban secando.

Cuando pudo ponerse de nuevo sobre sus patas miro al zapatero avergonzada. 

_Me has salvado la vida, a pesar de que yo no te ayude cuando estabas en apuros y me reí de ti porque no podías volar. 

_Es verdad, contesto el zapatero, pero me alegro de haberte salvado. Dime, ¿viste algo cuando estabas en el agua boca abajo?…

_Si, vi lo que en mi rápido vuelo nunca puedo ver: los pececillos y renacuajos, las plantas acuáticas y las piedras de colores. Es maravilloso lo que ves desde tu lugar de la poza. Si quieres podemos ser amigos y yo podría contarte lo que veo en mis vuelos alrededor de la poza y el río. 

El zapatero estuvo encantado de ser amigo de la libélula. Juntos compartieron buenos momentos alrededor de la poza. El zapatero le hablaba del murmullo del agua, de los seres que viven dentro de la poza y de las ondas de colores que se forman cuando el sol se refleja en el agua. La libélula le contaba sobre los pajaritos que se acercaban volando a la ribera del río, de las mariposas multicolores y de las flores que había entre las hierbas. 

Y la libélula nunca mas volvió a reirse del zapatero. 

M Jezabel Pastor (Cuentame un cuento, por favor)

6489777736337286

LA ALDEA EN LAS MONTAÑAS.

Ismael era un niño que apenas tenia diez años, sus ojos eran de color miel, como el color de la tierra donde había nacido.

La aridez de los montes que le rodeaban anunciaba ya el desierto que todavía se encontraba lejos. Las pequeñas casa de la aldea estaban rodeadas de cactus, chumbares y algunos algarrobos que los lugareños habían plantado. Delante de su casa había un olivo viejo que daba olivas para hacer aceite, un almendro y una gran higuera. 

En aquella aldea de casas dispersas, sus habitantes habían plantado algunos arboles que les ayudaban a sobrevivir, pero alrededor todo era árido y seco. Solo había algunos setos de monte bajo y unos pocos eucaliptos en la falda de la montaña. Pero Ismael amaba su tierra, la tierra donde había nacido y donde habían nacido sus antepasados. 

Al atardecer veía como su abuelo se sentaba delante de la casa y miraba el árido valle. La miraba de su abuelo era limpia y agradecida.  

_Mira esta tierra Ismael, le decía el abuelo casi en un susurro. Es la tierra de nuestros padres y es la que tenemos para vivir. Debemos cuidarla pues ella nos cuida a nosotros. 

A Ismael le encantaba ir con sus amigos de la aldea a jugar por el monte, pero en esta hora del final del día le gustaba estar allí sentado junto a su abuelo. Hasta que el cielo se quedaba oscuro y cientos de estrellas brillaban en el firmamento. Entonces el muchacho se sentía protegido, no solo por el abuelo y el resto de su familia, sino por esa tierra a la que pertenecía y ese cielo inmenso ante el que el se sentía muy pequeño. 

La vida en aquellas montañas era muy dura. Su padre apenas ganaba lo suficiente para poder mantener a su familia. La sequía había sido mayor que la de otros años, y nada pudo sacarse de la tierra. 

Un noche el padre les dijo a la hora de la cena:

_Ya no podemos seguir viviendo aquí. Debemos marcharnos a la ciudad mas cercana donde pueda encontrar un trabajo con el que manteneros. Mañana, al amanecer, partiremos. 

La madre de Ismael lloraba en silencio y a sus hermanos y a el mismo se les hizo un nudo en la garganta. Pero el que mas triste estaba era el abuelo. Salió y se sentó como cada noche mirando al valle. Con su mirada recorrió ese paisaje familiar como despidiendose de cada rincón, arbusto o ser que allí habitase. 

El abuelo había nacido en aquellas montañas y allí había vivido toda su vida. Su nieto le cogió de la mano y el abuelo le hablo con serenidad:

_Hijo, no olvides nunca que nosotros somos una parte de la Tierra. Cuidala siempre, no por lo que ella te de, sino porque ella es nuestra gran madre. 

A la mañana siguiente Ismael y su familia salieron de la aldea. Tomaron el serpenteante sendero que iba descendiendo por la árida montaña. Sentado en el carro, el chico que miraba la aldea alejarse cada vez mas, hasta que en una de las revueltas del camino desapareció por completo. 

Ismael ya era un chico mayor, había cumplido diez años en primavera, y no quería llorar. El abuelo no lloraba, así que el tampoco lo hizo. Poco a poco se fue quedando dormido con el traqueteo del carro. Soñó que estaba delante de su casa, en la aldea, y le prometía a la tierra que volvería, que volvería un día y nunca mas se marcharía de allí. 

Durmió durante horas, y cuando se despertó estaban atravesando un pueblo. Ismael nunca antes había salido de las montañas, así que se quedo boquiabierto al ver tantas casas, tanta gente y tanto ajetreo. 

Se alejaron un poco del camino y pararon para comer algo que su madre había preparado. Entonces, el niño se dio cuenta de que el paisaje había cambiado. Ya nos e veían elevadas montañas, todo era mas llano aunque seguía siendo árido. El aire ya no olía a monte, y en un lugar de grillos y silencio se escuchaban ruidos del camino. 

Al anochecer llegaron a la ciudad. Ismael no había visto nunca tantas luces ni casas de varias plantas. El chico estaba entusiasmado por todo aquello que era nuevo para el, pero también sentía temor ante un lugar tan distinto al que el conocía. Aquella era una pequeña ciudad, pero para Ismael y su familia era un lugar extraño y diferente. 

Al día siguiente estuvieron muy ajetreados instalandose y al atardecer el abuelo salió delante de la casa y se sentó como todos los atardeceres. Pero sus ojos ya no veían el valle y los montes, sino otras casas. Sus oídos escuchaban ruidos de motores y su nariz olía el humo y no a tomillo y tierra. Ismael le dijo a su abuelo:

_Tu me dijiste que somos parte de la Tierra, pero ¿donde esta ahora la Tierra?…

El abuelo estaba tan triste como el niño, pero con animo le dijo a su nieto:

_La Tierra nos sustenta allí donde estemos, en una tierra árida y en un fértil, en el campo y en la ciudad. Ella siempre nos cuida, pero debemos cuidar también de ella, incluso aquí en las ciudades. Aprende a ver a la Tierra también aquí, en medio de la ciudad. 

Las palabras del abuelo eran como las estrellas, que nunca se extinguen. Las palabras del abuelo daban fuerza a Ismael. 

A la mañana siguiente se levanto dispuesto a encontrar a la Tierra en la ciudad. Pero Ismael solo encontró fabricas que echaban humo, coches, ruidos y prisas. Agotado, se sentó en un banco de madera y entonces se dio cuenta de que estaba delante de un parque. No eran sus montañas pero eran fuertes arboles y bellas flores. Sintió alegría por esos arboles y tristeza por todo lo que dañaba a la Tierra en la ciudad. 

Entonces se acordó de las montañas a las que había prometido no olvidar. Quería decirle a Tierra que nunca se olvidaría de su promesa y por eso esa noche Ismael se quedo hasta tarde escribiendo una carta que decía:

“Quería Tierra, los seres humanos no podemos atrapar el brillo de una estrella, ni el reflejo del sol en el agua. Los hombres no podemos apropiarnos de la vida de los arboles y los montes, el abuelo me lo ha enseñado. En la aldea no teníamos muchas cosas pero era suficiente: tu nos dabas olivas y almendras, el aire era limpio y nadie te hacia daño. Yo solo soy un niño pero el abuelo me ha enseñado que si te hacemos daño, ese daño nos lo hacemos a nosotros mismos, porque estamos unidos a ti y a los demás seres. Yo voy a cuidarte y a todos los seres que viven en ti. Cuando sea mayor seguiré cuidandote y un día volveré a la aldea y a tus montañas”.

Paso mucho tiempo e Ismael se hizo mayor. Había aprendido a cuidar a la Tierra y a proteger a los seres vivos. 

Un día volvió a la aldea de las montañas. Volvió para quedarse a hacer de aquel lugar un sitio donde poder vivir. Construyo un aljibe y planto olivos: al atardecer siempre se sentaba delante de su casita. Entonces su hijo pequeño se sentaba a su lado y el le hablaba del abuelo y de la madre Tierra que a todos nos cuida. 

M Jezabel Pastor (Cuentame un cuento, por favor)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s